lunes, 9 de enero de 2012

Mi propio reflejo

No quisimos hacerlo, pero lo hicimos. En la mayoría de los casos poco importa la intención porque las cosas no siempre salen como uno quiere y a veces, cuando se te van de las manos, los resultados pueden ser desastrosos.

Él estaba allí, si no estuviese ciego habría jurado que me estaba mirando fijamente. Es curioso como a uno le puede entrar la paranoia en casos extremos. Era muy joven, unos 16 años, alto y delgado, su cabello era oscuro y vestía como un adolescente rebelde, vamos, lo que era. Lo habíamos localizado en una zona conflictiva, no era complicado encontrar allí a jóvenes dispuestos a ser conejillos de indias por dinero. Era dinero fácil. De todos modos eso no tenía la más mínima importancia ahora porque debía hacerme cargo de todo lo sucedido. Yo. Solo. Con esta especie de monstruo que habíamos creado.

- ¿Estás seguro de qué no recuerdas nada de lo ocurrido? – le dije con un poco de impaciencia.
- Te he dicho miles de veces que no me acuerdo, ¡joder!
Hablaba como un chico de barrio bajo al que nada le importa porque no tiene nada que perder.
- Doctor, usted debería entender que solo quiero el dinero y marcharme ya de una puta vez. No recuerdo nada de lo sucedido durante el experimento, pero recuerdo perfectamente que me dijeron que ese podía ser uno de los efectos secundarios. No nos engañemos, no sé qué han hecho conmigo pero estoy seguro que no quieren testigos después del panorama que veo por aquí. Usted es psicólogo, seguro que me entiende.
Y sí, le entendía, pero después de lo ocurrido no podía dejarle marchar.

Todo había empezado un par de días antes. El profesor Ron me había pedido que consiguiese a alguien que se prestase a un experimento científico muy novedoso. Así que allá fui con Kiko y Joseph, como de costumbre, a los barrios bajos. Siempre me acompañaban en estos casos, ya que yo solo podría correr peligro en ese tipo de sitios. Era más que obvio, el profesor tenía a esos dos tipos como sus matones, guardaespaldas, o algo por el estilo. Necesitaba a un par de personas que le hiciesen el trabajo sucio. Solo por su apariencia se podía adivinar a qué se dedicaban, ya que eran ambos hombres corpulentos, con cara de pocos amigos y aire de superioridad. Kiko era joven, blanco, rubio, con el pelo de punta engominado, mientras Joseph era un hombre negro de unos cuantos años más y llevaba la cabeza afeitada.

La zona en la que estábamos era sucia, oscura, un caos anárquico en el que la desesperación de los que no tienen salida se podía percibir en cualquier esquina. Encontré a este chico, Tony, que se mostró entusiasta y muy receptivo, así que ya teníamos con qué empezar.

Cuando llegamos al despacho del profesor, éste estaba, como siempre, leyendo un libro de historia. La misma figura de siempre, sentado en su viejo sofá. Llevaba la bata blanca, impecable, como también lo eran su cabello y barba, perfectamente recortada. Su mirada era curiosa y cruel. Sus ojos de color azul, claro como el cristal, se hundían con entusiasmo en las páginas del libro. Le maravillaban las grandes batallas y la estrategia, decía que era una buena forma de amueblar el cerebro. Esta vez leía "Sebastopol y la conquista de Crimea", basado en la segunda guerra mundial. Su fascinación hacía las guerras en las que habían tomado parte Hitler y el ejército alemán me turbaba notablemente.

Tony miraba embelesado uno de los cuadros del despacho. En él se podía ver un precioso llano verde y un río. Una jirafa bebía ajena a un cazador que la acechaba.
- ¿Qué miras? – le dijo el profesor con su rostro inescrutable, alzando levemente los ojos de su libro.
- La crueldad del cuadro. – respondió el chaval sin una expresión definida.
- Interesante. ¿Por qué piensas que es cruel?
- La jirafa está indefensa, tan tranquila, y el cazador viene a matarla.
- Interesante. Veo que eres sensible. – sonrió el profesor - Me habéis traído al ejemplar perfecto.

El caso es que… ¿perfecto para qué? Todavía no sabía de qué iba todo esto y empezaba a impacientarme. Hasta ahora, siempre que habíamos hecho algún experimento con humanos, estaba al tanto del asunto. Sabía exactamente el qué, cómo y cuándo. Sabía que esto era ilegal, especialmente con menores, pero estaba tranquilo porque sabía que había una cierta seguridad, tanto para la persona que se ganaba el dinero fácil, como para nosotros. Ya llevaba varios años haciendo esto, así que esta nueva situación me daba mala espina.

- Ven muchacho, vamos al laboratorio, tengo que hacerte una foto. – dijo amablemente el profesor al chico que aún estaba observando el cuadro.
Eso me sobresaltó de tal manera que me fui directo a hablar con Ron. Me acerqué con naturalidad y le hablé al oído.
- Esto es nuevo, profesor. Ya no me hace mucha gracia el no estar informado de nada de esto, como para que le saque una foto al chico.
- Tiempo al tiempo, doctor, no se sofoque que no es para tanto. Este experimento puede causar cambios físicos en el chico, así que quiero tener una foto del antes y el después.
- ¡¿Cambios físicos?!
- Tranquilícese, todo a su tiempo. Pronto sabrá lo que vamos a hacer y la importancia que puede tener en un futuro.

Entramos en el laboratorio el profesor, el chico y yo. Kiko y Joseph se quedaron fuera, como dos perros guardianes. El chico y yo nos sentamos en unas sillas incómodas de metal mientras el profesor parecía examinarle como si fuese un caballo. Ya me había sacado de quicio así que no pude esconder mi alegría cuando la cámara de fotos se estropeó. Sé que es una chiquillada, pero este experimento me echaba para atrás y que las cosas fuesen mal me aliviaba un poco. Llevaba cierto tiempo dudando de los métodos y de los límites morales del profesor.

- Bueno, no habrá foto, pero no hay tiempo que perder, así que nos tendremos que conformar. – comentó el profesor con gesto de fastidio acercándose a uno de los enormes armarios de aluminio del laboratorio. De allí sacó algo grande, de unos dos metros de altura, y un metro y medio de ancho, estaba cubierto por una tela. Sin más dilación nos acercó el objeto y quitó la tela.

Lo que había debajo era una especie de espejo con un marco metálico que tenía algo semejante a un pequeño relieve en un lateral, parecido a un botón. Durante unos minutos el profesor nos explicó que él había creado lo que creía que era una puerta a otra dimensión. El chico y yo nos miramos con cierta incredulidad, pero el profesor pareció no darse por aludido y prosiguió con la explicación. Por lo visto, ese espejo era una puerta de cristal líquido hacia un nuevo mundo, algo que le parecía muy excitante, tanto que le encantaría probarlo él mismo. Por desgracia para él, el cambio de dimensión tendría que hacerlo alguien joven, porque según sus cálculos, la materia tendría que destruirse y regenerarse en el viaje y él era demasiado viejo para eso.

El chaval no pudo evitar que se le escapase la risa, pero accedió a todo y escuchó las indicaciones del profesor. Después de todo, le iba a pagar por ello. El profesor puso en marcha el mecanismo del objeto y el espejo se convirtió en una especie de líquido extraño, el muchacho entró y ahí terminó todo. Todo tal y como lo habíamos conocido hasta entonces.

Durante varias horas no pasó nada. Permanecimos solos, el profesor y yo, esperando una señal, algo. Cuando el chaval volvió no era igual que antes, no había duda. El profesor había acertado con sus cálculos, pero no había sido todo lo preciso que debiera. El chico estaba medio desnudo, ensangrentado, con marcas de torturas, por todo el cuerpo, aunque eso no era lo peor. Estaba ciego, y no lo supimos porque diese indicios de ceguera, sino porque le habían quitado ambos ojos.

El profesor y yo nos levantamos desconcertados. El muchacho se quedó de pie, frente al profesor, sin decir nada. No parecía que sintiese dolor, no parecía que sintiese nada.
- Se maravillaría de lo que he visto, profesor, de lo que he sentido. Tenía razón en que un nuevo mundo se escondía detrás de ese espejo y espero que todo el mundo pueda disfrutarlo. – dijo el chico con un tono bien diferente al que solía utilizar. A pesar de no tener ojos parecía que observaba atentamente al profesor, como examinándolo, y éste, escandalizado, no pudo articular palabra.

Antes de que yo pudiese reaccionar, el chico se abalanzó contra el profesor cortándole la yugular con una pequeña navaja y echó a correr fuera de la habitación atacando también de muerte a los dos matones con una velocidad sobrehumana. Ni le vieron.

Y ahora allí estábamos, en el despacho, él y yo solos, uno frente al otro.
El chico cayó de rodillas y su rostro cambió totalmente de expresión, ahora parecía el chico de antes pero, desconcertado, decía no recordar nada.
Yo no sabía si creerle o entregarme a la evidencia de que el experimento había creado un individuo con desdoblamiento de personalidad. De cualquier manera no podía dejarle marchar. Como si tuviese la capacidad de leer mis pensamientos dijo, sollozando, mientras se acercaba a mí.
- Usted no me cree, ¿verdad?

No sé cómo pero fui más rápido que él. Estaba moribundo en el suelo mientras yo jadeaba muy cerca de su rostro. Todo fue muy rápido. Cuando se acercó para atacarme agarré lo primero que tenía a mano y le golpeé con fuerza varias veces en la cabeza. Creo que fue con un paraguas rojo que había dejado el profesor de forma descuidada sobre la mesa de su despacho.

- Hay otro mundo. – murmuró con su último aliento – Un mundo paralelo, un lugar donde se esconden todas nuestras propias perversiones, y lo que he visto me ha encantado. Era totalmente libre y podía hacer lo que quisiese. ¿Sabes que fue lo primero que hice?
- ¿Qué hiciste?
- Maté una puta jirafa. – dijo con un amago de risa - Luego me sometí a todo tipo de cosas. ¿Sabes lo liberador que puede ser el sentir dolor puro, lo placentero del límite, lo maravilloso de hacer sufrir?
- No, no lo sé. – contesté.
- Sí lo sabes, aunque solo en parte. Dime que no te sientes liberado después de ver morir al puto profesor y a sus perros, porque estabas harto de ellos, harto de este trabajo. Dime que no te ha encantado ahora matar a un chaval perturbado.
Se me heló la sangré. No sabía si me sentía así porque él me había inducido a pensarlo, porque él me había inducido a matarle o, simplemente, porque era verdad. Su sangre sobre mí me parecía ahora el mejor de los perfumes. Ver una vida joven desvanecerse entre mis brazos me parecía el mejor de los contactos físicos. Mientras pensaba esto me sorprendió con una nueva intromisión en mi mente.
- Yo te he abierto la puerta, ahora atraviésala y disfrutarás como nunca.
Es lo último que dijo. No sé cuánto tiempo estuve allí, sentado en el suelo, mirando el cuadro de la jirafa. Todo lo que sabía de psicología no me servía de nada ahora, toda la moralidad, todo el ambiente en el que me había criado… Nada servía de nada ahora. Tenía que tomar una decisión, y tenía que tomarla ya.

Me levanté y me dirigí al laboratorio. Durante un rato caminé dando vueltas alrededor del espejo. Me llamaba, me provocaba. Era como un deseo sexual, pero mayor del que podía haber sentido en toda mi vida, tanto que mi corazón empezó a acelerarse y, sin poder evitarlo, comencé a jadear de puro placer.
Me observé en el espejo durante unos minutos. Ante mí veía un hombre de treinta y tantos, alto y delgado, cabello corto y oscuro, piel clara y un traje de corte italiano. Luego me observé por dentro. Vestía como si fuese alguien pero no era más que un fracasado, el criado de un viejo chalado al que había vuelto loco su propia genialidad. Un aspirante a nada en un mundo decadente, un personaje quemado con nada que perder. Una marioneta que ya no estaba segura de si eso era lo que pensaba o su reflejo en aquel espejo le incitaba a pensarlo. De todos modos, ¿algo de eso importaba? ¿realmente era alguna de esas cosas? ¿todas? ¿ninguna? La propia desesperación y duda interior alimentaban mi deseo, todo mi cuerpo se deleitaba en calientes oleadas de placer.

Allí estaba yo, qué hacer. Levanté el paraguas y le di un golpe al espejo con todas mis fuerzas, pero no se rompió. Lo intenté una y otra vez, pero no conseguí nada. Estaba exhausto, el deseo había desaparecido poco a poco, pero un gran odio movía ahora mis continuos golpes. Nada. El espejo seguía ahí. Mirándome. ¡Nada!

Desesperado y totalmente derrotado caí al suelo de rodillas y comencé a llorar. Lloraba desconsolado, como un niño, con una sincera desorientación infantil. Escuché un ruido y alcé la mirada. Totalmente sorprendido, vi como el espejo se rompía, cayendo en trozos minúsculos ante mis pies.

Y allí me quedé durante horas, sin saber muy bien qué hacer o cómo reaccionar. Sin saber si el espejo era una puerta a otro mundo, o simplemente un reflejo. El reflejo de nuestro propio monstruo interior. Mi propio reflejo.

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